lunes, 5 de marzo de 2018

Nicole, Víctor, la mano

  Iba Nicole por las líneas de su mano, en medio de las cosas, desarmándolas, deteniéndose solamente a soltar semillas de alfiletero y alguna frase quizá necesaria, quizá ornamento, quizá pequeña fotografía entre los cajones.
  ―Sé que es una herbácea que florece una sola vez al año, pero es suficiente ―le explicó un poco más con las curvas de su ropa colgando al agacharse que con las palabras. La luz atravesaba el entretejido y le ponía una prenda diferente por debajo del cuello.
  Él quería saber si lo hacía por una disimulada lástima, o por urgencia de sonrisas en el otro (la luminosidad es visible cuando rebalsa, únicamente). Pero mientras seguía en la ignorancia, disfrutaba.
  (Arriba hay como una oportunidad de muchos tamaños, a punto de marcharse, y más abajo, el sabor todavía acurrucándose, sin planes. Como para que se imaginen el entorno, digo)
  ―Víctor, estuviste acusándote mucho tiempo. Mirá, perdiste algunas líneas ―dijo con un talento de madre que a veces se le escapaba.
  ―¿Cómo? ―y se buscó las diferencias en la palma, consciente de que no la conocía tanto como presume aquel dicho popular: un par de imperfecciones cutáneas podrían oscilar su existencia en ella sin que él se percatara. Sí, podrían. Pero no pudieron esta vez.
  ―Antes ahí había un mandarino.
  ―Me acuerdo ―dejó de mirar Nicole.
  ―A veces se llenaba de azahares, pero nunca pudo dar fruta. Era bajito, y entonces yo me colgaba de una rama medio seca y me hamacaba. ¿Te acordás?
  ―Sí ―sonrió―. Yo también me hamacaba. Podemos recuperarlo.
  ―No.
  ―Bueno, no, pero sabés a lo que me refiero.
  Nicole también recordó que de pequeños él siempre agachaba la cabeza y aceleraba un poco más durante los paseos en bicicleta. Desde diez o veinte metros más adelante giraba el cuello y le gritaba que se apurara, que le metiera pata a los pedales. A ella le causaba simpatía la escena, pero prefería mantener el paso tranquilo, y así no volver tan rápido a casa. Víctor terminaba desacelerando, recuperando el paso al lado suyo, y así había más tiempo juntos.
  Entre tanto, ya iba cerca del pulgar, donde había un pequeño huequito perfecto para moler cereales o para ponerle miel untable. Víctor se dio cuenta de que Nicole no brillaba esa tarde, no miraba hacia el otro lado del mundo, no abría su libro de Boris Vian en una página cualquiera. No. Esta vez era un cartel y una alfombra, un ser humano hecho de dos padres y una institución pública y una constitución nacional. Y tal vez era un logro, o al menos un alivio. Venía sin mapas y con un lugar.
  ―No podés acusarte de tu historia. Naciste con ella y no con vos.
  ―¿Y en qué momento se supone que tengo que entrar?
  ―No pediste tu historia, y de vos, aunque hablemos, no vamos a decir nada, porque no sabemos. ¿Acaso sabés algo de vos que no te lo haya contado la historia?
  ―¿Qué pasa cuando te miro, Nicole? ―por uno de sus nudillos había un tobogán que no tenía escalera―. ¿En serio sólo veo las ondas de cuando tirás una piedrita? ¿Y la piedrita, y la mano que la suelta, y el brazo que se sacude? ¿En serio una y otra vez el mismo mundo idéntico?
  El resto del diálogo se extravió. Sólo se sabe que Nicole se descalzó y encontró una insistente nube de mosquitos llegando bajo la uña del meñique de Víctor. Sin embargo, lo más probable es que hayan dejado de hablar, porque ambos se veían agotados y ya estaba anocheciendo sin una sola de las nubes que los habían convencido de quedarse ahí un rato más.

Febrero 2018

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