sábado, 20 de enero de 2018

Que algún día sea hoy

  Estas son las brevedades, las muecas de cuando el año pasado me animé a levantar el pulgar frente a los viajes de los desconocidos y ver si querían juntarlos con los míos, a dormir bajos las ramas y las luces amarillentas de una ciudad que todavía no puede comerse al Paraná, a alimentarme de lo que se pueda calentar con une pequeña lata llena de alcohol, a estrujarme el pecho con el peso de la nada sonora que te tira encima un valle cerca del cielo, a cantarle una canción a la amabilidad correntina de un tereré y un poquito de pastafrola.
Acá, en la altura que hace transpirar, en la altura que adelgaza y tonifica las piernas, mientras miro esas arrugas que parecen eternas y sin embargo son la más efímera prueba rocosa de la novedad y la resurrección, mientras miro por detrás del velo atmosférico los inmensos monstruos que le rasgan el frío blanco al cielo, mientras oigo al solemne silencio hincharme los oídos y respirar en mis tímpanos, me doy cuenta. Alguna vez, en algún sitio de similares lejanías, me sentí dueño del mundo, y hoy: no. Hoy me siento tan ajeno como nunca, tan huésped que la gratitud me cierra la boca y me lanza al suelo, tan visitante privilegiado sin visa al que le dejaron el portón abierto y le dijeron sírvase, pero con mesura y encanto, por favor de nada, que no tendré forma de retribuir, no tendré tiempo ni carne ni vida ni literatura ni sonrisas que alcancen para devolver esta magia.
   Montoncitos de frases que escribí durante mi viaje a mochila por Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, San Luis, Mendoza y Tucumán, el año pasado (2017). En un pdf gratuito, porque las ideas y las giladas no pueden venderse.


  Alguna vez en un tumblr escribí: ¿Cuántas veces me caché a mí mismo pensando algo lindo, diciendo algo lindo, y después, agregando "algún día"? Es hora de dar el paso, vomitarse al mundo, saltar al vacío, ser flor entre guadañazos, o al menos, intentarlo kamikazemente.

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