lunes, 29 de enero de 2018

Acerca de la no invisibilidad de los ausentes

  ¿Quién fue el estúpido que dijo, o que dice, que la nada, que los huecos, que la ausencia, no se ven? ¿Que son una invisibilidad? (O más estúpido todavía: una inexistencia) Si acá yo, escribiendo a las cinco de la mañana porque el sueño se me fue a trabajar de explotado en alguna fábrica de plásticosmentira, volteo hacia mi cama, y te veo, juro que te veo no estar ahí. Te veo tan de cerca no estar volteada, no envuelta en la sábana hasta el mentón porque el dormir te enfriaba el cuerpo tanto en verano como en invierno, no girar un poco y no mirarme desde atrás de ese rubor de tus párpados. Veo tanto tu no que me quedo mirándolo más, esperando, seguro de que pronto sí, de que tenés que aparecer, porque no podés ser tan visible y no, no, nunca. Y cuando me convenzo, o ya me duele más y no quiero aguantar, dejo de mirar un rato, y mi oído se enciende: te juro que te escucho no preguntarme ¿qué hora es?, y si no me lo preguntás no te puedo responder, y aunque no te respondo después también te escucho no decirme ¿qué hacés boludo? Vení a la cama un rato más.
  Entonces llega un momento en que me agobia esa manera tuya de volver pesado el aire sobre la cama, de recalentar la luz que empieza a entrar por la ventana cuando sale el sol, y me levanto con la esperanza de que tu no estar no ande por el patio. Y salgo. Y lo hago descalzo, pero te juro (otra vez) que sin querer, que no me doy cuenta, y llego al pasto y con sus cosquillitas mi cara sigue engominada, y me aturde tu no reírte. Y levanto la mirada y te veo no acercar tus dedos a las campanillas que están trepándose la malla, y busco tu sombra en el suelo y no la encuentro (la luz toca con asco cada ladrillo, cada hojita, casi como si el planeta se hubiera podrido; y lo toca también con miedo, y con cierta agonía, casi como si lo que quemara fuera él). Te veo no mirar hacia arriba, inspeccionando el amarillo de los pomelos, y me pregunto por qué te no preocupás tanto al elegir si seguro que después vas a terminar poniéndole azúcar. Va a ser un desastre que esta tarde no vengas a pasarme tus dedos pegoteados de vitamina C por la cara.
  Y preparo café y siempre me sobra una taza, por esa manera tan caprichosa que tenés de no tomarte la tuya; y pongo una película y te miro pero no puedo decirte nada acerca de que considero demasiado cliché al protagonista y ya muy rebuscados esos planos detalle de los tobillos de su tía, porque desde que andás no estando por la casa te volviste una pésima oyente, una pésima no compañera de pirateo cinematográfico; y cuando conozco una nueva canción que me gusta, no sabés cómo me rebalsa, como me pesan las estrofas, cómo me empalagan las citas que ya no puedo cargar en una cucharita para que me ayudes a terminarlas (porque siempre lo mejor fue eso: no la devoración en sí, sino que me ayudaras a devorar)

[Julio 2017]

2 comentarios:

  1. Te leo, soles ser un poco similar a Cortázar. Espero lo tomes como un cumplido.
    PD: suerte con la chica no pero a la vez sí invisible

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    1. Muchas gracias. Lo voy a tomar como dos cumplidos, aunque me guste más Macedonio Fernández.

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