lunes, 30 de octubre de 2017

Víctor, Nicole, Boris.

  Esa tarde tenían una sola bicicleta y un celeste compulsivo a lo ancho y lo largo y lo profundo del cielo. Alguna guerra por allá, algún fumador ansioso por acá, pero ellos estaban bien. El número impar de vehículos no generaba problemas. A Víctor le gustaba empujar los pedales sintiendo el peso de Nicole en su consumo energético. De hecho, había veces en que al portaequipaje le decía portanicole, y entonces le daba pie a ella para que le contestara “cómo se nota que no sabés nada de bicicletas; ese, evidentemente, es un portavíctor”. Pero esa vez él tenía razón (y eso que las florcitas rojas y blancas que criaba el verano parecían estar bastante seguras de dónde tenían sus raíces), y ella un libro de Boris Vian.
  ―No entiendo cómo podés leer en bicicleta ―comentó durante una aceleración Víctor, queriendo decir más bien algo como “¿por qué mejor no me abrazás la cintura? Aunque no tengas miedo de caer. Por abrazarme, no más”.
  ―Tengo chofer ―movió la boca sin necesidad de separar pupilas y frases, y justo el viento le empapó la punta de un mechón en el labio inferior.
  ―Hasta mitad de camino ―le aclaró con la fricción entre las cubiertas y el polvo endurecido del camino en los oídos.
  ―Ajá. Ahí cambiamos: yo manejo y vos leés. Pero en voz alta.
  ―La cuestión es que yo siempre te esté sirviendo, ¿no?
  ―¿Qué harías sin mi correa, Víctor? ―le preguntó seductora, bajando a sus piernas el libro y sonriendo con esa picardía de luces inquietas en los ojos.
  Él soltó una tartajada irónica y respondió sin miedo.
  ―Está claro que haría lo mismo que hago con ella. De hecho, ni siquiera sabía que la tenía.
  ―Te tengo bien domesticado eh.
  Había algo en la voz de Nicole. Una especie de contratiempo, de brillantez sin planes, de reducirle la velocidad al sol.
  ―“Y como siempre estoy contenta, no siento curiosidad”.
  Víctor se dio cuenta de que se trataba de una cita. La entonación fregaba cualquier duda.
  ―Creo que si pudieras sacarle las letras al libro y ponerlas en un guiso lo harías. Pero a las letras en serio, no a la tinta.
  ―No, Víctor. ¿No te das cuenta de la tesis filosófica que hay ahí?
  ―No siente curiosidad porque está contenta. Es una variante de “Me importa una mierda el mundo mientras yo esté bien”.
  ―Podría ser. Un poco. Quizá ―y Víctor se perdió el espectáculo de sus pestañas al pensar―. Pero alguien que no siente curiosidad es alguien que está estancado, que no cambia.
  ―No necesariamente. Uno puede descubrir un montón de cosas sin sentir curiosidad. Por ejemplo, voy tranquilo en mi auto, y tengo un accidente, una experiencia cercana con la muerte. Sin haber sentido curiosidad esa casualidad trágica puede obligarme a cambiar para el resto de la vida.
  ―No. La curiosidad es indispensable. Pensar es indispensable. Si luego del accidente no volviste a pensar en lo que pasó, ni reflexionaste acerca de lo que podría haber pasado y lo que fue y lo que no, si no te pica la curiosidad de procesar toda la información nueva que azarosamente se te dio, no va a haber cambio alguno en tu vida.
  ―¿Entonces tu tesis es que la praxis sólo puede modificarse si hubo un cambio teórico voluntario antes?
  ―Más o menos. Pero le agregaría una palabra: la praxis sólo puede modificarse conscientemente si hubo un cambio teórico voluntario antes. Porque también puede modificarse azarosamente, por miles de factores. Igual, volviendo al contentamiento de Folavril, si la felicidad nos estanca, ¿es buena?
  ―Es que para creer en un estancamiento tenemos que creer en una noción de progreso continuo.
  ―Cambio continuo, mejor. Continuamente las cosas están cambiando, ¿o no? Es lo saludable. O lo inevitable.
  ―Si es inevitable la felicidad no puede estancarlo.
  ―Quizá la mente humana sea lo único estancable del mundo.
  ―Siempre tan especiales nosotros ¿no?
  ―Estoy pensando hipótesis che.
  No había una nube en el cielo. El inmenso celeste parecía a punto de derramarse sobre todo desde lo alto, y hacia los horizontes, cientos de otros celestes más pequeños se apretujaban entre sí con paciencia. Abajo, pequeñas flores habían cedido su lugar a los pastizales medios que aprovechaban el suelo mientras los confundidos propietarios de los campos esperaban el momento indicado para sembrar algún cereal u oleaginosa. O sea, para pagarle a alguien que los siembre.
  ―Si la felicidad nos estanca ―retomó sus ideas Nicole, con el dedo escondido bajo la página indicada ―, no puede ser la única.
  ―El miedo.
  ―El rencor.
  ―El rencor podría ser en realidad un motor que promueva la acción.
  ―Pero accionar no significa cambiar. El rencoroso puede planear ciento ochenta y siete venganzas y hasta ejecutarlas, pero en esencia siempre está haciendo lo mismo, pensando lo mismo, estancado en la misma idea de no perdonar esa misma ofensa que una vez le hicieron y que recuerda incansablemente.
  ―Ay, a ver… Se me ocurrió algo… Si la felicidad nos estanca, por extensión podemos decir que lo que nos gusta lo hace, en cuanto deseamos que siga siendo de la misma manera, porque así nos gusta, justamente. Y si el rencor también nos estanca, por extensión, lo hace todo lo que no podemos superar. Ahí se incluiría el miedo también, y penas muy intensas.

  Nicole se quedó en silencio, pensando, y mirándole la nuca a Víctor. Unos segundos después, sólo le miraba la nuca.

Septiembre 2017

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