viernes, 13 de octubre de 2017

La Amazilia Canela Y Una Abrochadora Trabada

  Estaba y bastaba verdeSol en la oficina de entrenamiento para futuros oficinistas, cuando Unkelee  asomó la cabeza por encima del durloc, anclando las puntas de sus dedos, estirando el cuello, presumiendo sus dientes, poniendo a prueba la elasticidad de sus mejillas, y mostrando la desfachatez o consciencia superior de más de un mechón anarquista domiciliado cerca de sus orejas.
  ―Ahora sí que es un día hermoso ―comentó con polen en la voz.
  ―Son las ocho de la noche ―intentó rebatir la idea de día verdeSol―. Y no sé vos pero yo estoy acá desde las nueve de la mañana ―y luego la de hermoso.
  ―Entonces habrás visto cuando florecieron esas campanillas amarillas ―no mermó su entusiasmo, y apretó la axila contra la división industrial para poder señalarle su escritorio.
  ―Esas son las hojas de la impresora ―dijo luego de pensar cuatro segundos en el desvarío mental de su compañero.
  ―Para mí como que huele a mandarina de tu lado del durloc.
  verdeSol removió un poco de aire con sus fosas nasales, pero no pareció encontrar ningún aroma capaz de levantarle las persianas.
  ―Yo creo que tiene olor a abrochadora trabada.
  ―¿Puedo pasarme?
  Ojitos de niño en almíbar. (No es para comer. Sólo para sonreír.)
  ―¿A dónde?
  ―A tu lado.
  ―El durloc es la respuesta.
  ―Me parece una reflexión muy filosófica, pero eso no hace que el pastito bajo tu silla deje de verse mucho mejor que el mío. ¿Tiene vaquitas de San Antonio? De este lado está un poco amarillo. Creo que no lo riegan hace unos días.
  ―¿Qué desayunaste esta mañana?
  ―Unos duraznos. Pero porque vos no estabas.
  ―Ay… ¿Me vas a salir otra vez con lo de besayunar? Ya me lo dijiste una vez. Superalo al Raven ese ―y se giró hacia su computadora, que tenía el monitor apagado. Empezó a teclear los nombres de los morosos que se imaginaba impresos en la lista de clientes del servicio telefónico de mentirita.
  ―Es Rayden.
  ―Lo que sea.
  ―Vamos, dejame pasar. Si hay un solcito re lindo ahí.
  ―Mi lado tiene la misma ausencia de ventanas que el tuyo.
  ―Pero el mío no tiene tanta presencia de ondas.
  ―Vos tenés bucles, que es… ¡Mierda! Mirá lo que me hacés hacer.
  ―¿Qué pasó?
  ―Escribí mal el nombre de un González. Este era con s al final.
  ―No es tan dramático. Estar de este lado del durloc es peor. ¿Sabés lo peligroso que es pararse en la silla con rueditas? Yo ya llevo como dos minutos.
  ―Podrían darte un premio. Es mucho más tiempo si contamos las otras veces que te paraste a molestar. Tus dedos ya están marcados ahí, en el borde.
  Germinaron las comisuras en el rostro de Unkelee.
  ―¡Te acordás de lo que hago! Y encima le prestaste atención al detalle de mis dedos. Vamos, dejame pasar. Te prometo que me voy a sentar calladito en un rincón. Sólo quiero meter los pies en el arroyo, que el agua se ve fresquita.
  El durloc no incrementaba especialmente la distancia entre ambos, y a sus oídos ya empezaba a darles sed por tanto ladrar de esa vocecita enamorada, así que decidió ceder.
  ―Bueno, pasá. Pero te quedás debajo de la silla y sin molestar.
  ―¿Puedo gritar si una ruedita de tu silla me pisa la cola?
  ―No.
  De primavera, casi verano, Unkelee era un perrito bajo la silla de verdeSol. Tenía el hocico sobre una de sus patitas y procuró acercarse lo suficiente para que una de sus orejas se recostara con sigilo sobre el calzado de verdeSol. Pero tenía que ser un contacto sutilísimo, o ella se daría cuenta y movería el pie. Por detrás pasó Barbaceja, succionando el agua caliente contaminada de teína, y se quedó de pie a espaldas de ambos compañeros. Unos segundos miró el lomo de Unkelee, al ritmo del aire; otros segundos miró la silueta de verdeSol, y pensó que su hombro izquierdo le recordaba mucho a una amazilia canela (las conocía por algún que otro documental); activó el músculo superciliar un momento, y dando un sorbo más a su infusión folclórica continuó oficina abajo.

Septiembre 2017

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