domingo, 10 de septiembre de 2017

Para salvar el mundo con un colchón (y sin una bomba molotov)

  ―¿Y entonces? ¿Qué se hace?
  ―La solución es una monarquía absoluta ejercida sin ejércitos y con un monarca que no sea garca ―opinaba con un plato de ravioles o de ñoquis frente a sí Luis, porque decía que le gustaba acostarse temprano así que debía eliminar una de las cuatro comidas, y prefería que sea la merienda antes que la cena―. Así las cosas van a funcionar mucho más rápido, y no va a haber la necesidad de todo un sistema burocrático que genera a su vez todo un sistema educativo famélico diseñado para no enseñarle nada a millones de personas y que así queden física e intelectualmente aptas para el trabajo de empleado público en una oficina cuya existencia o inexistencia no cambiaría la cantidad de amor del mundo.
  —¿Y quién va a controlar que el rey no se vuelva un tirano?
  ―Dije que tiene que ser uno que no sea garca. Además, ya está comprobadísimo por mí que no sirve para nada eso de controlar, porque cada vez que generás un puesto tenés que ponerle un controlador, y a cada controlador un segundo controlador que controle que ese esté controlando bien al otro controlado, y así ad infinitum. Todos vamos a estar controlándonos y nadie va a fabricar bicicletas, nadie va a hacer pan, nadie va a tocar la guitarra, ¿entendés? Un absolutismo burocrático tristísimo.
  ―No sé. Yo propondría una anarquía sumamente disuelta ―aclaró Nicole, con la espuma de su cerveza negra jugando a permanecer quieta, a aguantar la respiración en sus burbujas, esperar su boca sin estallar una sola―. Creo que sí, nos necesitamos entre nosotros, y biológicamente tendemos al gregarismo y estamos lejísimos de ser un animal solitario, pero son las comunidades la base del desacuerdo. Vivir en comunidad es el problema. Así sea la comunidad más pequeña y menos dictatorial que hayan visto, se generan normas y pactos más o menos tácitos que terminan censurando a las personas, omprimiéndolas, y personas oprimidas son personas insatisfechas, y la insatisfacción prolongada en el tiempo ya es infelicidad, y un mundo lleno de infelices es un mundo donde se inventan armas, guerras, y subagencias de quiniela.
  ―¿La propuesta es que todos seamos trotamundos o algo así?
  ―No exactamente, pero el que quiera serlo, adelante. Me refiero a vivir solos o en núcleos familiares, y generar lazos de estricta supervivencia con los que vivan más cerca de nosotros, para hacer trueques y cosas por el estilo. Nada de intentar organizar comunidades numerosas que ni llegan a ser sociedades, sino sólo un montón de gente educada más o menos parecido y siguiendo con mayor o menor intensidad más o menos las mismas leyes. Un pueblo de cinco mil habitantes ya genera incapacidad de producir lazos humanos reales entre sus compueblerinos. De ahí se deduce lo ridículo de un país con más de cuarenta millones de habitantes. Eso sólo puede existir en la realidad: nadie inventaría una ficción tan macabra.
  ―Pero si no tenés una relación con tu vecino, los dos se van a poner a sembrar zanahorias ¿y después? ¿qué van a intercambiar?
  Cuando la ronda de salvación llegó a Víctor y su taza, él dijo que para salvar al mundo había que enamorarse y conseguirse un colchón o un sillón o una mesa o una gramilla suave, y argumentó:
  ―Si te pasás el día entero acostado y revolcándote con el otro, no tenés tiempo ni interés (y si consiguieras alguna de esas dos cosas, no tendrías ningún otro recurso de los necesarios) para hacer maldad alguna. Y puede parecer un cursilerismo rococó y burgués, pero en realidad es una manera sumamente placentera y pacífica de combatir el consumismo y su consecuente contaminación: como todo lo que querés es seguir ahí todo el tiempo, tocando, mordiendo, lamiendo, besando, riendo, mirando, acariciando, mimando, coloreando, y todo lo que ocurras, tu alimentación se vuelve sumamente fraguada, mínima, sin desperdicios, y a lo mejor salvás el día con un solo pedazo de pan o alguna fruta o una taza de té, lo que implicaría una reducción en el consumo y por tanto también en la deforestación para el uso agrícola y ganadero de la tierra, así como un increíble gasto de agua y la utilización de agroquímicos; el uso de ropa también se vuelve muy austero, así que cientos de talleres clandestinos empezarían a sobrar y miles de personas quedarían sin trabajo y encima libres; y en invierno nada de calefacción eléctrica o a gas: un sistema térmico cutáneo baratísimo; nada de médicos ni nutricionistas que vivan gracias a los hábitos autodestructivos de las personas, pues la dopamina y la serotonina van a mantener fuertísimo el sistema inmunológico, y besar, abrazar y follar son actividades que fortalecen huesos y músculos de todo el cuerpo si son bien hechas. Y no me miren así, chicos, que dije follar sólo porque quería que las tres terminen en ar. Todos sabemos que es coger.
  ―Pero eso es ridículo. No podríamos vivir así para siempre. Tarde o temprano nos desenamoraríamos.
  ―Pero te reenamorás. No hay drama. De la misma o de otra persona.
  ―Igual no podríamos estar así todo el día toda la vida. Alguien tiene que manejar los colectivos, encuadernar los libros, cultivar el café.
  ―No, Luis, esas cosas dejarían de importar. ¿Quién está pensando en leer o en tomarse un colectivo o un café, o en construir puentes, o en fabricar bombas, o en especular con el dólar cuando está así?
  ―Ese mundo sería un caos.
  ―¿Y este no lo es?
  ―Pero estamos intentando solucionarlo.
  ―Y bueno, eso haríamos: cambiar el caos que tenemos ahora por el caos correcto, el que nos guste.

Septiembre 2017

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