martes, 15 de agosto de 2017

  Tengo el llanto a flor de piel últimamente. O, más bien, creo que estoy llorando todo el tiempo, pero sólo cuando mis ojos se dan cuenta empiezan a codearse entre ellos, y como que se dicen “dale, largá la sal”, y después “no, no, empezá vos”, y nos quedamos los tres ahí, sin poder mirarnos pero sabiendo. Y cada intento sale de otra parte pero tiene el mismo sabor, como si a un viñedo salteño y a una plantación colombiana de café se les ocurriera empezar a saber a frutilla al mismo tiempo. Sería un caos. Una fermentación tan cítrica no favorecería los cantos del norte argentino, y los europeos que atravesaron el océano se sentirían estafados por tener que tragarse tantas distancias para probar un jugo que bien podrían haberse preparado ellos mismos en Dinamarca (porque vieron que dicen que todo queda cerca ahí en el continente ese que dicen que es viejo). Y los bebedores compulsivos de café distribuidos por el mundo se quejarían de que sus dientes están demasiado blancos, y de que hay algo raro, una sospecha de vitamina c, que los está haciendo dormir demasiado bien gracias a una inmunodeficiencia que preocupa por su paso tan erguido y pectorales tan hinchados.

Agosto 2017

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