jueves, 27 de julio de 2017

Escrito con el título provisorio de Piecitos

  Lo tocó, y se largó a llorar. Y ella se asustó, porque, ¿cómo se iba a imaginar tal fuente de milagros, tal origen de poesía táctil y cromática? Y la lluvia explotando contra la lona los aturdía, y el gris se filtraba hacia adentro y persuadía un poco, un poco bastante, a todos los tonos.
  ―¿Estás bien? ―le preguntó preocupada, y claro, si era incapaz de conocerse las canciones de sus dedos (¿viste que uno no puede hacerse cosquillas a sí mismo?), incapaz de hacer crecer en sus propios pulmones las velitas.
  Él se tapó el rostro, y después se dio cuenta. Entonces la abrazó. Fuerte. Como si… No, no, nada de como sis. La abrazó con la intención de no soltarla jamás, y no hasta la muerte: sin hastas, con el plan utópico y apasionado de tampoco morir, en ningún momento, en ningún dolor. La abrazó así, aún conociendo lo imposible de la tarea. La abrazó así, aún sabiendo que fracasaría. La abrazó así, y un poco más justamente por eso, porque fracasaría, y tenía que aprovechar.
  (A lo menos 神風 y más 神抱擁 )
  ―Eu ―desplegó ella sus talentos emotivos oratorios, con total ignorancia, con total nunca darse cuenta de la casita del árbol que tenía en el pecho, del tapizado felpudo en sus hombros, del colchoncito inflable en su panza, de la hamaca paraguaya en su mentón. ¿Por dónde salía ella a vagar tanto, teniendo semejante hogar?
  ―Gracias ―dijo él, un poco tonto también, la verdad.
  Y cada vez que su piel le contaba uno de los secretos del verano, una lágrima más. Y cada vez que su cuello le hacía una mueca juguetona a su mejilla, un dedo más. Y cada vez que su espalda estiraba el horizonte, una fuerza más. Y cada vez que el frío del oído le saltaba al suyo, un parpadeo más. Y cada vez que sus rodillas le susurraban, un centímetro más. Y las manos de ella tan torpes en su espalda: con una cesta llena de semillas y una tierra negra ardiente, hambrienta, respirando a su alrededor, y ella pisándola con miedo, con un noséquéhacer terrible, lastimoso casi, pero tan tierno que a él no le importaba, o sí, le importaba, mucho, pero no le molestaba, y podría pasar esta temporada sin zanahorias ni rúculas, sin caléndulas ni campanillas: que se tome su tiempo, que siembre y riegue cuando quiera, que son sus piecitos andando por entre los almácigos lo más colorido y rico de todo ese jardín.

Junio 2017.

No hay comentarios:

Publicar un comentario