lunes, 10 de julio de 2017

  Él siempre se iba más temprano, así que se tomaba el tiempo que le sobraba y luego de saborearlo con toda la boca iba por cada rincón de la casa, llenándosela de besos. Entonces, cuando ella abría los ojos, uno saltaba desde el techo y se desarmaba en la punta de su nariz, salpicando sus pómulos y su bigote. Cuando se giraba en la cama para estirarse, aplastaba otro con el hombro, sintiendo lo tibio, y al bajar el segundo pie se le notaba el regocijo en la boca, por el cosquilleo del beso que había quedado esperándole el primer paso en la alfombra. Al llegar al baño se encontraba con que su reflejo había sido interrumpido: el espejo estaba hasta cada esquina de besos: primero se dio el gusto de sentirles el sabor con sus pupilas gustativas, como quien quiere detenerse a fotografiar un paisaje antes de aniquilarlo con su andar y con el del tiempo; luego empezó a retirarlos, de a uno con la boca, de a muchos con el cuello, de a puntillas con los dedos, de a estampida con las mejillas, de a cipselas con las clavículas. Y ahí, entre tanto beso emergió su rostro reiluminado, salvado nuevamente de un nuevamente desolado, de un nuevamente sin besos, de un nuevamente sin niños correteando la mañana.
  Después de lavarse la cara, con mucho cuidado para que los besos no fueran a limpiarse de más (vamos, ¿en serio creés que un poquito de agüita se los va a llevar?), fue a buscar su remera, y cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde: su ombligo estaba lleno de besos, piscina de besos que se rebalsa por todo su vientre, por toda su cuna de noches salvadoras, por toda su playa de encantos fríos. Se retorció sin que su cuerpo se retorciera, se llenó de colores sin que su piel se manchara, se volvió una naranja dulce sin caerse del árbol y sin que nadie la probara. Luego caminó hasta la cocina y sacó una taza de la alacena, y en el movimiento un beso le cayó en la pierna y se deslizó hasta dejarle un caracol en la rodilla. ¿Cómo se prepararía el café, si el frasco estaba lleno de besos? A carcajadas fue devorandoselos y en el fondo encontró una pequeña nota: El café está en la yerba, pero en el frasco de yerba también estaban a tope los besos, y con impaciencia lúdica o con cariño voraz volteó el asunto sobre su cabeza y se empapó de tal manera que al agua le dio vergüenza bañarla y lloverla y salpicarla tantas veces y nunca haberla calado así, nunca haberle perfumado el pelo a labios y a luces saltando cortinas.
  Cuando quiso levantar su mochila, pesaba tanto que sólo pudo estirar la correa, sin despegar la base del sillón. Sabía que sus libros no solían resistírsele de esa manera tan brusca, y ya sonriente se agachó para abrir el cierre, y los besos hojas salieron despedidos y le llenaron de otoño la sala; y los besos mariposa empezaron a espolvorear sus colores por su frente y su pelo y su escote y sus pies y su mesa y su foto de las vacaciones y su reloj se trabó; y los besos olas extendieron la playa por debajo de los sillones y la alfombra se le llenó de arena y los tobillos de pequeños caparazones bordó; y los besos desnudos se sintieron sinnudos y saltaron a su boca y armaron campamento en su lengua y se la volvieron huerto de cúrcumas y mentas y duraznos. Y el tiempo se destrabó y ella salió de casa.
  Subiendo por la Córdoba quedaba su facultad, pero alcanzó a notar que un beso bajaba por la Mendoza, y casi sin culpa lo persiguió. Rodaba por la calle hacia abajo y ella no aguantaba la risa mientras se preguntaba cuánto aguantaría el cansancio. Corría por detrás y cada vez que el beso esquivaba con hazañas los pies de la gente, las ruedas de los autos, las manchas de aceite, los carteles despintados, ella se reía un poco más. Hasta que llegó a un semáforo y se lo trepó con esa facilidad que tienen los besos para trepar cosas, y ella aprovechó el rojo para pararse justo debajo y dejar que le goteé encima, y si un pedacito sufría el desvío del viento en el trayecto, ella estiraba el brazo y lo alcanzaba (salvó uno con el pie también). Y la gente, mientras tanto la gente, la  . No, no la miraba. Y cuando el rojo empezó a parecerle muy rojo a algunos automovilistas, las bocinas comenzaron a sonar, pero ella no escuchó ninguna: ya tenía llenos de besos los oídos.

Junio 2017

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