sábado, 10 de junio de 2017

Astronomía Emocional

  Nos reencontramos como el cometa Holmes con la Tierra. Después de tantos giros monótonos por mi órbita, descubrí que se me habían caído varios recuerdos del bolsillo, tal vez a través de esos hilos descosidos que llaman silencio, o de esas lluvias casi húmedas que llaman tardes. Como la estela de sus pestañas al parpadear, los cráteres de los que emergía su cuello, y la luz clara que desperezaba la atmósfera desde sus muñecas y dedos. La caída de microscópicas memorias enseguida se convirtió en una torrencial tormenta de aquí y ahora cuando pasó por encima de mis pupilas. Quién iba a sospechar que acontecimientos astronómicos de tal magnitud pudiesen ocurrir en la cola de la caja de un supermercado.
  Hablamos. Sonreímos. No tanto como hubiese querido, no lo suficiente. No pudimos más, la fila era larga y las miradas nos apuntaban con telescopios de lentes poco bondadosos y objetivos más sucios aún. No podíamos demorarnos. Te di mi dirección ansiosamente, suponiendo que la luz del reencuentro podría reactivar aquellos cosquilleos perezosos que habíanse quedado en las sombras del día a día. Nada podía asegurarme que en tu continuo paseo sideral no fueras a estrellarte con algún otro planeta, y me dejaras sin tus cíclicas presencia y ausencia.
  Llegué a casa y abandoné la bolsa de mercaderías como si no tuviera ni un poco de hambre. Las horas de vacío estomacal no me preocupaban, por el momento se anulaban con el entusiasmo infantil que me hacía ordenar un poco la ropa desparramada en los sillones, los papeles olvidados en el suelo, todo el polvo posado sobre los muebles, y hasta algunas abstracciones de mugre que la pared de la cocina había estado coleccionando pacientemente con los años. Podías volver a cruzar esa misma noche, y tenía que tener lista a mi Tierra si esperaba que quisieras atropellarte ahí.
  Pero una noche, y dos noches, y tres noches, y cuatro noches, y ya dejé el pantalón otra vez en la silla del comedor, y cinco noches, y ya no me agaché a levantar el ticket que se me cayó, y seis noches, y ya no me molestó la decoloración de los libros por su fina capa de polvo, y siete noches, y no gasté energía en limpiar ese poco de aceite que saltó al vacío desde la sartén, y ocho noches, y el cosmos se veía como si estuviese vacío. Ni Holmes, ni Wirtanen, ni Fi Gruis, ni Gamma Lyrae, ni NGC 2080, ni I Zwicky 18. Vacío.

Mayo 2016

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