miércoles, 10 de mayo de 2017

Cómo ser feliz en la tristeza

  Hay una taza de café y el aire que entra por la ventana reacomoda todo el caluroso ambiente de la casa, doblando y torsionando el vaho que salta desde la infusión hasta la… Qué vida misteriosa, ¿no? Saltar, trepar el aire, e ir haciéndose cada vez más ligero, cada vez más invisible, cada vez más vivo y lozano, en lugar de ir cansándose con cada manotazo, en lugar de ganar el férreo peso del agotamiento. Y ese olorcito. Y esa tarde sin nada que hacer. Si pudiera ser el vaho, ¿saltaría? ¿o me acurrucaría como esa espuma leve? Si pudiera. Si pudiera. Si pudiera dejar de repetir esa frase. Si pudiera hacer algo para empezar, o para terminar de una buena vez. A la espuma me la voy a tomar, y al vaho me lo voy a aspirar. Pero si una gotita lograra prenderse a una molécula de dióxido de carbono, volvería sana y salva a la atmósfera, mis pulmones la rechazarían. Lo que va a la boca, en cambio… Y esa tarde sin nada que hacer, perfecta para dejarla así, vacía, amorfa. ¿Pero, cómo que nada que hacer? ¿Y la taza de café? Una tarde perfecta, sólo con un café y una ventana, y la certeza de que en algún momento voy a volver a ver a mi amigo. Sí, esa certeza es la que me da la tranquilidad, porque me desesperaría, me enloquecería tener que tragarme este líquido negro y amargo si supiera, si me resignara, si aceptarafatal que estoy solo, abandonado a merced de mis capacidades psicoemocionales. Me aterraría tener que abrir la puerta si supiera que no hay ahí fuera nada que pueda cultivar mi esperanza. Rezaría con vehemencia para convertirme en una estática inexistencia inconsciente de sí misma y de lo que le rodea si descubriera que las ondas de mi voz van a ir, ir, ir, y de a poco van a ceder, la densidad del aire las va a apagar, sin que hayan jugueteado en ningún oído. Pero esa persona, tan herida, tan maltratada por esa boleadora que nos destroza los tobillos y nos hace caer tan absurdamente, como en blooper de televisión, como niño en jardín de infantes, que es la ignorancia, no quiere ser libre, sino ser liberada, y que le abran la puerta de la jaula pero le mantengan la correa al cuello. Miedo al cactus aquel, miedo a la sombra esa que se mueve, miedo a que la puerta se cierre, miedo a quedar paralizado por el miedo, miedo al púrpura, miedo al viento entusiasta, miedo a esa silueta que se acerca. Lo que siento entre los dientes, entre los labios, es lo que me hace resistir todo esto. Alguna vez un beso. Pero no es la parte del beso lo que enciende el alma, lo que desempolva esos ejemplares de poesía que se estancaron entre las costillas. Es la parte del otro, la parte de ser besado. Sí, besar tiene su diversión y todo eso, y un beso puede ser un buen recuerdo o una buena anécdota, pero es el ser besado lo que buscan. Bah, lo que busco. Bah, lo que busco a veces. Que alguien quiera meterse ahí, cuna de ofensas y de estupideces lacerantes, ha de ser la prueba más fehaciente que puedo conseguir de que no estoy solo. Y cuando uno está solo, busca desesperadamente esas pruebas. Siempre hay que convencerse de lo que quisiéramos. Siempre hay que comprobar que las pruebas estaban equivocadas, y volver a empezar. Pero empezar lo que queremos, lo que creemos que queremos, no otra vez eso, lo que nos salió a las apuradas, a la tontera. Y acá está el comienzo, en este café.

[Febrero 2017]

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