domingo, 21 de mayo de 2017

Acto VII de una Nohistoria de Amor en 21 Actos

  Su primer nobeso fue un agosto. Algo había fallado en sus cálculos y una lata cayó de la góndola. Eso no habría sido problema, pues se resuelve con una mirada rápida a los costados y ya, pero con esa lata empezaron a caer las lindantes, y luego las lindantes de las lindantes, y todo tan rápido. Pero vaya suerte la de nuestro noprotagonista, que empujado por el ya impaciente Destino, justo pasaba por ahí. Se acercó con la velocidad necesaria por la espalda de Mañanasí y extendió los brazos hacia arriba, sosteniendo las latas y a la vez encerrando a nosu chica entre el pecho y la estantería. De repente todo su tórax conocía las yermas extensiones de los homóplatos y los hombros de nuestra noprotagonista, que enseguida sintió el entusiasmo en sus latidos. Y tan cerca estaban ambas mejillas, y tan cerca quedaron sus alientos, que bien podrían haber prescindido del espacio no necesitado. Tres o cuatro centímetros de vacío mantenían fuera el romance. ¿Quién puede desear tan poco espacio, y encima tan molesto? Y el Destino cerró con fuerza los dos puños, sintiéndose testigo al fin de lo que había planeado hace tiempo. Pero nuestros noprotagonistas, superhacedores cumpulsivos del nohacer, volvieron a salirse con las suyas. Ninguno giró el mentón. Ninguno estiró el cuello. Reconciliaron la mercancía enlatada con el equilibrio y ya volvieron a sus respectivas tareas. Sus supuestas respectivas tareas, porque bien sabemos que su compromiso más urgente -con ellos mismos y con el lector y conmigo, que los aguatamos desde hace páginas- era ese beso. Y bien lo sabemos gracias al Destino, que así nos lo aseguró. Pero de aquel casicomienzo sólo quedaron dos pechos acelerados y cuatro mejillas acaloradas y dos 'la puta madre'.

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