domingo, 30 de abril de 2017

Víctor, Nicole, las armas

  Estaba tirado en el suelo, con la espalda cayéndose, aplastando los talones de sus manos contra el pasto para sostenerse. Abajo y alrededor de él, una plaza. Miraba hacia el otro lado de la calle, y sabía que no podía culparla. Se había lanzado de regreso sin mirar hacia los costados. Un bocinazo le hizo caer una manzana. Una manzana caída le hizo soltar una risa. Y a Víctor también, además de una mordida de labios. Pero no, no era su culpa. Él tampoco había notado el coche. Se quedó mirándole los caminos, los vientos, y cuando su atención iba por la segunda constelación, el bocinazo. A él también casi lo chocan, así que no la iba a reprimir. Pero, sin autoridad, le iba a decir que tuviera cuidado igual. Ella llegó al pasto y le dejó a la manzana construir un lazo entre ellos, atravesando el aire. Pronto él se la llevó a la boca y de alguna manera ese dulzor era Nicole.
  ―Cómo está el calor, ¿no?, me dice el verdulero cuando entro.
  Víctor la miraba y masticaba.
  ―A veces me sorprende el talento que tiene la gente para evitar conocerse, para evitar hablar de verdad. Porque, si lo analizás, la cantidad de estrategias que emplea es mínima, pero, dios, la repite y la repite, la repite y la repite.
  ―Convengamos que comprar dos manzanas lleva ¿cuánto? ¿Treinta segundos? Es algo breve la porción de tiempo como para poder conocer a alguien.
  En ese momento, Víctor se dio cuenta: había días en que él era Nicole, y Nicole era Víctor. Había momentos. Y menos mal que los había.
  ―Sí, para conocer a alguien sí, pero para conocer algo de alguien no. Podría contarme que le encanta la parte en la que Peteco Carabajal dice que al hombre le espanta ser uno más en el aire, o que una vez fue a Victoria y se quedó toda la tarde mirando la toma de agua, o que se le acaba el aire re rápido cuando le hacen cosquillas. Cualquier cosa más importante que esa aburrida desesperación del hace calor. Y es extraño, porque se nota, el hecho de abrir la boca demuestra un interés real, la búsqueda de comunicación; desde lo más escondido de nosotros, la prueba de que necesitamos al otro. Sin embargo, saboteamos ese deseo y esa necesidad hablando del calor, de qué nos vamos a poner esta noche cuando salgamos, del accidente múltiple en la Ruta 7, de que las acciones de Kraft Foods bajaron un 8%, de que la perrita de doña Rosa anda con cólicos.
  Víctor empezó a hacerse lucesita cantora.
  ―Lo de los cólicos de la perrita de doña Rosa te lo contó la de la panadería, ¿cierto?
  ―Sí, ella ―y brilló Nicole también un poquito―. Pero, ¿por qué somos así? ¿Por qué adentro tan necesitados y afuera tan asustados?
  ―Primero salvemos al pobre verdulero. Andá a saber si realmente está asustado.
  ―Es que no es culpable del miedo. Todavía no sabe que está asustado.
  ―Repito, no sabemos si está asustado. También podría ser simplemente inercia de comportamiento social, sentir que tiene que comentar algo, que tiene que decir algo más a su cliente que el precio y el vuelto. Un mostrar amabilidad con cierto tinte de simpatía, ¿entendés?
  ―¿Eso le enseñaron en la Facultad de Pequeños Comerciantes de Pueblo de la Universidad Nacional del Nordeste?
  ―Eso es medio fascista, pero te perdono, Nicole, y no te voy a acusar con el INADI ―y ella escondió las pupilas y él volvió a comprobar eso que siempre le tiraba en la cara, que lo sacaba de quién sabe dónde, que lo llevaba siempre consigo, que lo inventaba ahí, en el instante―. Y bueno, esa es una opción. También hay días en que, vos lo sabrás muy bien, no tengo nada que explicarte, uno no tiene ganas de conocer a nadie. Acabás de conocerte un poquito más a vos, o qué se yo qué te pasó, y con eso tenés suficiente ya.
  Le había dado sólo dos mordidas a su manzana hasta entonces. La pulpa se estaba arropando lentamente de óxido, se notaba, y ella se distrajo unos momentos viendo la moldura de los dientes de Víctor en ella.
  ―Y si el miedo está, supongo que es por dos factores. No sé cuál va primero o cuál es más grande, pero uno es la pereza: conocer a alguien o algo es como cualquier disciplina física o artística o científica, o sea, hay que invertir tiempo y esfuerzo. Conocer de verdad a alguien es casi una actividad profesional, si te ponés a pensar. Una carga horaria enorme, compromisos, prestar atención, bla bla. ¿Cuánta gente se dedica profesionalmente a una disciplina sin que le paguen? En efectivo, o por transacción bancaria. Un abrazo o una tarde risa no cuenta como pago a veces. O a personas.
  Nicole quería decirle que en el concepto de profesional se inmiscuía necesariamente el realizar la actividad a cambio de remuneración económica, pero Víctor era tierno cuando pensaba, lo dejo seguir libremente.
  ―Y el otro factor lo cantan las pastillas: tengo miedo a equivocarme, a sufrir, ser lastimado. Conocer a alguien es recibirlo, abrirle las puertas de vos mismo. Conocer es dejarse conocer. Y, bueno, en realidad creo que te conozco sólo a vos y a mí, y ponele que a Montag y a Charlie y a Ángelo y algún que otro personaje literario, pero creo, me arriesgo a soltar la hipótesis de que la mayoría de las personas somos bastante débiles, tenemos inseguridades y miserias y vulnerabilidades que preferiríamos no compartir, porque pueden ser armas contra nosotros mismos. Uno no le da esas armas a cualquiera. A veces, uno no se las da a nadie.
  ―Tengo muchas armas tuyas ―ostentó Nicole.
  ―Te las daría dos veces si pudiera ―la enterneció Víctor.
  ―¿Y hay alguna que todavía no me hayas dado?
  ―Ah. Hay cosas que se preguntan en silencio, Nicole.
  ―Vos también tenés muchas armas mías.
  ―Sí.
  Ella mordió la fruta por primera vez, y se quedaron mirando la calle, esa porción de concreto donde un auto le había gritado hacía algunos minutos.
  ―Igual, más que si las usaras en mi contra, lo que me dolería de verdad sería que me las devolvieras.

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