miércoles, 5 de abril de 2017

Presente continuo

Desde el 5 de mayo del 2003, todas nuestras tardes son así. Ella está entre mi guitarra y la ventana, con su cabello corto colgando y retorciéndose en plena atmósfera, a unos centímetros de su cara, guardando ropa en una caja, guardando cuadernos en la misma caja, dejando pasar aquel vapor invernal por detrás de las cortinas. Yo, me escondo detrás de las cuerdas, pero canto, canto las mismas canciones. Ella canta conmigo. Las mismas palabras le dan forma a nuestras bocas, pero cada uno canta su propia canción. Y cuando estoy terminando de desarmar un do, un instante antes de pasar a un sol menor, me pregunto si tendrá suficientes cosas en la habitación que se hunde en el pasillo como para llenar esa caja sobre la mesa. Tengo la sospecha de que ella misma dará un salto y se refugiará en el cartón. Todas las tardes tengo esa sospecha.
Desde el 5 de mayo del 2003 que está poniendo cosas en esa caja. Jamás termina, y yo sé que algo extraño pasa, porque no tiene tantos libros, no tiene tantas fotografías, no tiene tantos pantalones. Además, yo también canto las mismas canciones, aún cuando me sé otras. Pero las repito, las repito. Las Bienales de Soledad me han enseñado varios acordes nuevos, pero yo regreso al do y al sol menor de siempre, al do y al sol menor de invierno en principios de mayo.
Desde el 5 de mayo del 2003 no nos aburrimos de pasar todas las tardes así, juntos bajo un techo que sólo une paredes e instalaciones eléctricas viejas. No te equivocás ni en una sola de las sílabas al cantar las canciones, y eso que estás concentrada en encontrar la manera de que los espacios vacíos desaparezcan de la caja. Si ese libro va horizontal, quizá entren aquellos dos en vertical. Tal vez tengas que dejar esa remera que compraste en la feria de ropa usada.
Desde el 5 de mayo del 2003 que las expensas del edificio se mantienen, no aumentan. Eso también me parece sospechoso. Lo pienso mientras vos seguís con tu caja. Ahora ponés tus zapatos y tus ojotas. Todas las tardes ponés tus zapatos y tus ojotas. Dejo la guitarra un rato y te pregunto si no te parece raro, pero no me contestás. Vos querés cantar. Todas las tardes querés cantar, y yo todas las tardes canto. Con vos, para vos, por vos; ya no sé.
Desde el 5 de mayo del 2003 que paso todas las tardes echado en el sillón, mientras vos vas y venís por el pasillo. No me muevo porque sé que hoy tampoco vas a terminar de llenar la caja. Tengo un día más. Quizá un día más para pensar me lleve a la solución. Pero la verdad es que desde el 5 de mayo del 2003 que no pienso nada nuevo, son las mismas ideas rebotando entre las mismas neuronas, una y otra vez, cada tarde, los mismos miedos.
Desde el 5 de mayo del 2003 que tengo la sensación de que acá hay algo raro. Tanto equilibrio todas las tardes sólo puede ser resultado de un profundo desequilibrio. ¿En dónde están cayendo todas las cosas que no caen acá? ¿A dónde las estamos tirando? Vos seguís cargando tu caja y cantando conmigo, yo sigo sentado. Sin mirarnos. Cada tarde tomás la misma decisión, y cada tarde reacciono con la misma aceptación. Pero el paso, ¿dónde está el paso?
Desde el 5 de mayo del 2003 que no escucho el ruido de la puerta. Nadie llama y nadie contesta. Todo tiene un olor como a lunes, a renovado, a déja vù. Pero ella no lo siente. Y yo vuelvo a sospechar, porque esta tarde está actuando como si hubiese llenado esa caja, por eso ya no respira, por eso ya no canta, y, ninguna tarde me miró, pero hoy me mira un poco menos, hoy ni su hombro ni su bolsillo descocido me miran. Claro, ya lo recuerdo. Todas las tardes pasa esto, y yo me hago el tonto, como que lo olvido de mentirita y termino olvidándolo en serio. La caja todavía está vacía, y yo tengo la sospecha, todo lo que me queda es la sospecha, de que cuando al fin logre llenarla, estará tan llena, que no podrá cerrarla.

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