lunes, 10 de abril de 2017

Gorriones y valijas

Se sentían sus calores por el pecho, por el cuello. Sus temperaturas se arrastraban por el aire y se trepaban con dedos frágiles por la barbilla del otro, por las mejillas. El espacio los apretaba, les comprimía los hombros. Estaban perdiéndose del mundo, encontrándose ellos, muy lentamente, como la sombra del lapacho va apoderándose de la casa que tiene detrás a medida que la tarde lo ayuda. Y así, como esa sombra, ella envió sus labios, estirando el cuello, y él quiso despertarse, apartando la reseca cuna que habían dejado abandonada los besos ya crecidos y viejos.
―No. No quiero seguir haciendo esto.
Ella lo miró como si en sus pupilas viera coletear a la tristeza misma, dando círculos y círculos, tragándose de a poco la luz que alcanzaba a llegar.
―¿Vos ya no…?
―¿Sabés cómo quedo después de cada beso tuyo? No quedo, querida. No quedo nada. Aparecés un día, de repente, me llenás la boca de gorriones, me hacés florecer la espalda, me criás las maripositas del cuello, me podás todas las noches que no estuviste, y ¡zás!, volvés a desaparecer.
Las comisuras de los labios se le bajaban, y las manos se le quedaban sin saber hacer, inmóviles sobre las piernas. ¿Estaban más pesados sus ojos? ¿O más secos? ¿O más llenos?
―Y todo se me muere y se me seca otra vez, y no sé cómo limpiarlo. Lo intento, te lo juro, pero no sé. Ese olor a gorrión que no aletea, que no pía, que no se mueve ni siquiera para cagarme en la cabeza, no lo puedo ignorar, ni tapándome la nariz, ni durmiendo hasta las tres de la tarde.
La valija que iba arrastrando se rompió a capricho frente a la librería, y toda la ropa se le cayó al piso. Y el perfume, y el acondicionador, y el shampoo. Soltó un resoplido y apurada empezó a reacomodar sus cosas. Pero el cierre se había roto. ¿Cómo iba a trabar la valija? Ellos continuaron hablando.
―Lo decís como si estuviese de paseo, como si yo anduviera pernoctando por pechos y por jardines y por estaciones así no más. ¿Sabés cuánto me cuesta mantener en jaulas a los gorriones? ¿Cuánto pían y cuánto aletean por ese arbolito morondanga que tenés? Y no sé si se reproducen o si entran otros por alguna parte, pero cada vez hay más, y más, y los escucho, y no escucho otra cosa, y me aturden.
―¿Puedo ayudarla, señora? ―se detiene un joven frente a la mujer que se sienta y salta sobre su valija, por pura desesperación, por puro hacer algo y no aceptar que el cierre ya fue.
―Ojalá pueda. Se rompió el cierre. No se puede cerrar.
―Matalos. Matá esos pájaros.
Casi odio.
―¿Qué?
Indignación.
―Vienen acá y mueren de todas formas, ¿o no? Matalos.
―¿Sin que conozcan la libertad? ¿Sin que la experimenten al menos un minuto, al menos un día?
―¿Es más amable matarlos justo cuando les abrís la puerta y pueden volar?
―Es más amable dejar que mueran por ellos mismos.
―Decís eso porque vos no tenés que cargar con las plumas podridas. Acá no sobrevive nada, linda. Se amarillenta el pasto, se arrugan las flores, y el Sol gambetea con talento de balón de oro.
El joven inspeccionaba la valija de cuclillas junto a ella, mientras la mujer miraba el reloj. Su colectivo salía en diez minutos. Aquella ayuda se había vuelto un estorbo, pero no se animaba a correrlo con un grito después de su gesto considerado de detenerse a colaborar.
―¿Tiene invisibles, o hebillas para el pelo?
Le habla desde el suelo.
―¿Mm?
―¿Querés que me vaya, con todo lo que traje? ¿Que me lo lleve?
A él le costaba responderle. A él, toda ella le costaba. Tanto.
―¿Para siempre?
Insistió.
―Para los dos.
Quiso hacerse el de los recursos literarios interesantes, y la frente de ella chispeó.
―Recibime uno solo.
Atacó.
―Un solo gorrión. Si después de que lo veas aletear por tus ramas secas, no te sentís un poco menos desierto, me llevo todos los demás, y los sacrifico en medio del camino, o de a uno, cada noche, por cuatrocientas quince madrugadas.
―Sabés que me voy a sentir menos desierto.
Se defendió.
―Entonces cambio: veamos si estás convencido de darme esa patada en el culo que…
―No es…
―Dejame hablar. Si estás convencido, vas a recibirme ese único gorrión, y no me vas a pedir ninguno más. Y me voy a ir. Y ellos se van a ir. Y ninguno va a volver. Te lo prometo. Pero permitime liberar a ese, por lo menos. Como indemnización por rechazar todos los que traje.
Pensando. Era tan peligroso permitirle abrir esa puertecita de metal. Siempre escondía algo nuevo ahí. Plumas de recién nacidos colores, piruetas lúdicas por el aire aprendidas de improviso ahí, ojitos oscuros y redondos rebosantes de piedad.
Se sacudió el poco de tierra que se le había pegado en las botamangas a la altura de las rodillas. Las yemas de los dedos le quedaron endurecidas.
―En cinco minutos tengo que subir.
―Atravesándole cinco o seis invisibles más la habríamos cerrado bien, pero creo que unos minutos va a aguantar.
―Muchas gracias. No se me habría ocurrido. Pero ya me tengo que ir.
―No se preocupe. Buen viaje.
Y voló, voló de tal manera aquel gorrión que cercenó con sus alas la atmósfera y manchó de color al viento, y las plumas se le iban cayendo y quedaban como flores sobre el pasto, que suspiraba ante su roce tibio y húmedo, y desde su pico se regaba la luz y se derramaba por las hojas, que se la tragaban hambrientas, que se la tragaban golosas y se encendían de verde, se empachaban de verde; y el gorrión cada vez más veloz y cada vez más alto, podía ser visto desde jardines tristes lindantes, desde patios donde una hamaca aburrida miraba el suelo en silencio, desde la vidriera de una tienda donde dos personas jugaban a poder apoderarse de las cosas, desde un recuerdo chueco que se siente avergonzado y se acurruca en esa esquina donde no molesta, desde un gajo con camisa que terminaba de deshidratarse y se quebraba en todo su gris esplendor, desde un hombre que encontraba en tanta belleza sin concepto una pizca de obscenidad, y desde la cabina de información turística.

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