lunes, 20 de febrero de 2017

Llueve

Esa luz que salta de gota en gota y llega cansada al árbol del frente, al asfalto de la calle, al techo del vecino.
Círculos que se persiguen entre sí sobre los pequeños lagos que interrumpen las esquinas.
Tibio malhumorado que empuja una hoja, una rama, un paraguas, un flequillo castaño.
Chispazos húmedos sobre lo ya mojado, sobre el oscurecido metal de la ventana, sobre el escudo inmóvil por encima de tu cabeza.
Las ganas de café, de no conversar pero sí de soltar distraídamente en palabras algún pensamiento, algún recuerdo, algún miedo, algún secreto.
Ese desgano de planear tu vida; sólo existir, como la lámpara incandescente que parpadea, como ese grafiti desgastado que se derrumba más rápido que su pared, como ese verde apagado que rodea al cantero.
Tierra mojada.
Plantas bañadas.
Sentir empapado, pesado.
Color domingo.
Sabor a ausenciatotalderesponsabilidades.
Sensación de infancia.
Flash. Una foto que se borra inmediatamente luego de congelar la luz, hace crujir al cielo.
Se despereza el silencio.
En un rincón del balcón las dudas dan tres vueltas antes de acurrucarse y esconder su hocico en el calorcito de su panza.
Siesta.
Pausa.
El mundo sigue girando pero como que lo disimula muy bien. Juego a creerle.
Dibujan con lápiz blanco unas líneas cerca del horizonte, pero las borran enseguida. Igual, algunos nos dimos cuenta.
Más flashes. Todo un álbum se pierde sin que nadie mueva un dedo o una neurona para evitarlo. Y nos seguimos dando cuenta de las líneas blancas que borran, pero las borran igual.
Sabor retazos.
Olor a noséquéhacerynoquierosaberlo.
Nostalgia de gallina.
Se parte el espacio en millones de fragmentos y me mantengo en la burbuja. Sé que todo va a recuperar su unidad, pero un poco más blanco, un poco más verde que antes. Menos yo. Lo que no se parte no se rearma.
Ganas de alguien, de que las cosas no sean como son pero sí de que los tropezones me hagan caer en una rica torta y no en barro podrido.
Desgano de explicar; no se entiende el gris en las pupilas, sino en la parte más profunda de la lengua, y no se entiende la dulzura en los labios, sino en la mejilla que besa un hombro.
Vos.
Algún día que no es ese se cuelga del tendedero y crece, crece, hasta que no se aguanta más y cae.
El reloj sigue moviéndose, pero muy lento, y yo me hago el tonto, el que huele la torta frita del vecino y no se da cuenta.
El cielo cruje otra vez. Se tropieza consigo mismo y cae.
¿Qué culpa tengo yo?

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