viernes, 20 de enero de 2017

Al Sur No Hay Estrellas

  Hola.
  Después de mi larga (al menos para los vertiginosos tiempos informáticos de hoy) ausencia a causa de un imperfecto técnico en mi computadora, regreso con mi cotidiano material de dudosa utilidad para la humanidad. Esta vez se trata de una novela corta (o un cuento largo, como prefieran llamarlo los taxonomaníacos) que escribí en el 2010. Sí, ya tiene sus años, pero nunca vio la luz de un foco ni de una pantalla, así que ahora me encargo de que la conozca. Como no creo que sea lo suficientemente buena como para encarnizarla en papel (aunque seguramente si fuera multimillonario publicaría todo lo que escribo sin preocuparme por la sinceridad o la calidad entendida como autenticidad artística, así que debo agradecerle a mis modestos recursos económicos el bienestar de mi dignidad), lo hago en pdf y la suelto a la red para que sea libre, como cada película y libro y disco pirateado. Amén.
  Si el cálculo no me falla, escribí esta narración, llamada Al Sur no hay estrellas, cuando iba en mi tercer año de colegio, así que está lleno de mi yo adolescente. Además, también lo escribí cuando tenía a flor de piel mi encanto por CLANNAD, serie anime a la que sigo agradecido por enseñarme algunas cuestiones humanas y estéticas, y a la que sin dudas le robé muchas cosas para desarrollar esta historia, como la base argumental de un chico que parece no tener ningún talento ni nada que lo haga especial, y se va encontrando con personas tan corrientes como él que aparentemente necesitan una mano, y como él no tiene objetivos claros en la vida, invierte su tiempo en socializar con ellos y ayudarlos. Sí, burdamente, de eso trata CLANNAD, y también mi historia. Probablemente el protagonista de Al Sur no hay estrellas sea una combinación entre Tomoya Okazaki y yo.
  Como en ese tiempo yo también tenía una fascinación por todo lo extranjero, los hechos narrados se desarrollan en la capital de Suecia, en Estocolmo, a donde Svante se muda para empezar a estudiar Biología. La cuestión es que en ese mundo paralelo, todo es como en el nuestro, con la diferencia de que las personas conviven cotidianamente con fantasmas, a los que pueden ver y tocar. Menos Svante, claro. Él no puede, tiene esa particularidad. Su padre cree que es un mentiroso llamando la atención, su madre intenta que no peleen tanto, la estudiante de fotografía quiere ayudarlo a 'curarse', su vecina Linnea le tira los galgos y él como buen personaje inspirado en mí no se da cuenta, Edvin  lo adora, Sara le da trabajo como amo de casa, y así va deambulando entre varios personajes que sin darse cuenta le enseñan a querer una ciudad que tal vez sea inquerible.
  Una historia escrita por un niño de 14 años. Nada más que eso.
  Gracias.

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