martes, 15 de noviembre de 2016

Inversión a futuro

Era el centro de atención en el pueblo. No por alguna virtud propia de su persona, sino por la desoladora e inquietante ausencia de dotes positivos en la dama que siempre lo acompañaba. Simplificando un poco la información, la gente hablaba mucho de él porque tenía una novia fea. Y era fea en todo su esplendor. No se trataba de una nariz que había sido arrancada de un cráneo avícola, o de unas cejas que pudiesen servir de peluquín a un calvo, o de unas orejas que capaces de salvarle la vida si se arrojase desde un avión, o de una cabellera que quitaría sin demasiado esfuerzo los restos de la cena que se pegaron a la olla, o de una frente brotada con la que se podría rallar queso, o una dentadura indecisa que envía algunos incisivos hacia adelante, algunos caninos hacia atrás, y deja a los premolares arreglarse en total anarquía. No, la cuestión no era un rasgo desproporcionado frente a los demás. Los tamaños y las forman parecían estar dentro de los parámetros regulares, pero combinados, simplemente dañaban a la vista. La sola y silenciosa imagen de la chica era una trompada directa a las pupilas. No había con qué darle. Aunque aparentemente sí, y era una especie de sangre fría –o tal vez una distorsión en las percepciones construidas por los sentidos– que él tenía.
¿Él? Un tipo normal. Sus facciones no derramaban belleza, pero con un peinado cuidadoso y alguna prenda oscura que resaltara su tez, podía al menos tener esperanzas de conquistar a alguien incluso un poco más áureo que él. Sin embargo, estaba con ella. Y las personas lo miraban extraño, y cuchicheaban cuando pasaba, y armaban verdaderos debates cuando no estaba presente.
―¿Tendrá cáncer ella, y será su novio por lástima?
―No hace falta que tenga cáncer para tenerle lástima.
―¿No será novio a sueldo?
―Capaz que es gay y como no quiere aceptarlo sale con ella. Si ni forma de chica tiene.
Pero si alguien dejaba de lado todas esas malsanas chismoserías de gente con pocos objetivos en la vida, teniendo el valor para afrontarlo en intimidad y preguntárselo, él siempre respondía lo mismo: “Estoy haciendo una apuesta a futuro”. Esta contestación confesaba que él no tenía desórdenes en sus sistemas sensoriales, veía a su novia tan estéticamente grosera como todos los demás seres humanos, pero a diferencia de ellos, confiaba en las metamorfosis del tiempo. Había leído un informe –con esa palabra mágica, abracadabra, que en español quiere decir ‘comprobado científicamente’– según el cual los adolescentes que eran considerados atractivos, con el tiempo perdían sus virtudes físicas debido a la pereza que les había ocasionado tener una relativa armonía corporal innata; en cambio, aquellos más desfavorecidos por los genes, tendían a incorporar hábitos que remodelaban lo que la naturaleza había hecho así no más, a las apuradas.
Entonces, el que escuchaba su respuesta usualmente consideraba que era un razonamiento bastante boludo, que no había hábitos ni rutinas de ejercicio ni dietas ni alquimistas ni milagros que pudiesen solucionar lo de su novia, pero luego, solos en sus casas, en silencio, cuando se miraban al espejo, o cuando veían la bonita sonrisa de sus respectivas parejas, les entraba el miedito por debajo de la lengua.

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