miércoles, 7 de septiembre de 2016

Romántico empedernido

  No podía evitarlo, era un romántico empedernido. La dulzura se le rebalsaba al andar; tanto así que era usual ver un montón de hormigas amontonándose en sus huellas en medio de las plazas, o algún perro callejero lamiendo el paso que dejó en la vereda. Así era él, le brotaba por los poros; de lejos ya se le podía sentir el olor a arroz con leche con vainilla. Era así. Podía conquistar a cualquiera, podía poner en acción las glándulas salivales tanto de homínidos hembras como machos, pero todos sus dones siempre los volcaba en el mismo afortunado recipiente: Norma. Era ella quien tenía el monopolio total de los talentos y las capacidades románticas de él.
  Era un romántico empedernido, y Norma era su bienaventurado amor. Tanto era así que cada vez que iban a la plaza central de la ciudad, él se cruzaba la avenida 25 de Mayo y compraba tres super-panchos (que de panchos tenían el pan y la salchicha, y hasta el día de hoy la AFIP investiga la incierta y probablemente ilegal categoría de “super”), dos para ella y otro para él. Así era siempre, desde que comenzaron a salir. Y cada vez que ella se enchastraba uno de sus hoyuelos o su mejilla (algunas tardes fervorosas, incluso se embarraba la frente y parte del flequillo) con mayonesa, él lo retiraba de manera delicada con la lengua, asegurándose de que su saliva limpiase adecuadamente la dermis de su doncella. Con halagos silenciosos y físicos como ese, había logrado abatirla a sus largos pies.
  Pero él no lo hacía por conveniencia, no era chamuyo, no usaba aquellas cosas como trucos; él era así, romántico empedernido, nada más. Por eso cada vez que ella se ponía triste (debido a alguna causa que no había sido provocada por él, por supuesto, porque él nunca le generaba malestar, era incapaz de algo así), le compraba un kilo de helado, y le pedía al empleado de Luigi que arriba le pusiera salsa de caramelo de frutilla, y luego le preguntaba si no podía echarle un poco más, que era una ocasión especial, y después le insistía una tercera vez, y el empleado accedía, no podía resistirse a aquellos ojos miel; luego llegaba a su casa con el postre, y aunque ella le insistía en que la ayudase a terminarlo, él se negaba, y se quedaba hasta que, entre arcada y arcada, finalmente Norma tragaba la última cucharada, y le daba un abrazo (a veces, al juntar sus panzas, ella sentía que el helado se le filtraría por el ombligo y entraría a su novio por el suyo).
  Pero tampoco había razones demasiado particulares para alabarlo por todo aquello. Él era así, estaba en sus genes. Había nacido romántico empedernido y así moriría. No podía evitarlo ni él ni nadie. Por eso cuando Norma le pedía un beso, a él se le perdía la lengua en su laringe, y si alguno de sus amigos interpretaba de manera errónea la situación, luego se tomaba el tiempo de explicárselo: “es que si sigo practicando, algún día podré llegar más allá de su esófago, a su corazón, y darle el beso perfecto, literalmente en el centro de su ser”.

[Julio 2016]

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