miércoles, 31 de agosto de 2016

El silencio de los libros

  Me he trepado a rocas que son más altas que mi cabeza, para desde allí gritar con esa necedad que algunos autocomplacientes llaman convicción, cuando era más apropiado utilizar aquellas porciones de planeta para resguardarme en su sombra, para oír su sólido y mudo consejo, porque quien te escucha y te responde sabe menos que quien sólo te escucha. Y otras veces he lanzado mi dedo para decapitar las inocencias de mi prójimo, como si hubiese estado en ese lugar, en ese momento, desde el vientre de su madre hasta el entierro de su padre, cuando más apropiado era levantar la mano para apoyarla en mi propio tórax, y comprender. Comprender, callar. Callar, no hablar. No hablar, saber que no hay nada que tenga necesidad de ser dicho. Y en otras oportunidades, y también en las mismas, desprestigié al silencio dándole la forma de vocales y de consonantes, como si éstas tuvieran algún sentido intrínseco tras el “alcanzame el pan” o el “servime agua”, cuando lo apropiado hubiera sido obedecer mi origen infante y sólo respirar estando en medio del aire, y sólo reír cuando algo me haga cosquillas, y sólo llorar cuando algo duela. Porque todo lo que no es verdad es una mentira, más o menos perjudicial, más o menos simpática, pero mentira al fin, y no sé si está en mis genes o sólo en mi educación cultural, pero hay algo en la mentira que me deja disconforme. Y para hablar, hace falta creer en la mentira, en la mentira de que un puente es un destino, y no sólo algo que se construyó para llegar al verdadero destino, que permanece intacto tras el precipicio. Así, quien en la endeble mitad del puente crea fervorosamente ya haberlo atravesado, y haya construido ahí los cimientos de su vivienda, descubrirá con lamentos, al llegar la tempestad, que estaba equivocado, pues al deshacerse el puente con el viento, se derrumbará todo lo que ha hecho, y se perderá en el agua.
  La verdad no se escucha ni se ve, y probablemente tampoco se construya: sólo se siente. La verdad es eso que está ahí, en ninguna parte exactamente, cuando el Sol vierte su luz endulzada por el roce de una cipsela, de una pelusa, de una hoja, sobre tus pupilas, y cuando el pasto se escabulle juguetón entre tus dedos, y cuando las estrellas se reacomodan silenciosas en las alturas, y cuando la atmósfera se despereza junto a las ramas y las flores y el polvo, y cuando el paisaje se muestra desnudo, no por debilidad u ofrenda ingenua, sino por amable invitación, reconciliación quizá.
  Por eso, ahora que sé (y por saber me refiero a deducir, que es más o menos como inventar) que lo apropiado es el silencio, es cuando más palabras escribo. No se trata de rebeldía adolescente, sino de juego, y de comprender que un libro es la estratagema más ingeniosa que ha inventado nuestra especie para hablar sin mentir, porque un libro está callado siempre, jamás molesta a nadie, ni le grita: un libro sólo habla cuando el lector le concede la palabra. Lo que diga un libro, es más responsabilidad del lector que del escritor, porque quien fabrica un arma no siempre la dispara, y quien prepara el plato no siempre se lo come. El libro es la tentación silenciosa, la neutralidad inofensiva; es el lector quien inventará y quien construirá todas esas mentiras que el libro por sí mismo no podría haber traído a la existencia.

[4 Agosto 2016]

1 comentario: