martes, 28 de junio de 2016

Ver caer al héroe

   El terrible paisaje desolador de ver caer al héroe.
   Uno puede caer todos los días. Uno cae todos los días, y ve suelo tras suelo, baldosa tras baldosa, piedra tras piedra. Uno puede caer siempre y, con más o menos lentitud, levantarse de vez en cuando, o gatear un poco, o aprovechar la abundancia de horizontalidad para tomarse un descanso. Pero ver caer a aquel que, sabés, tiene las fuerzas, los dones y las determinaciones para llegar a la cima, ver caer al héroe, qué profunda herida genera en esa parte nuestra que nadie sabe dónde está, pero que a veces importa mucho más que un riñón, que un ojo o que un pulmón.
   Ver caer al héroe, ver caer a aquel que representa la encarnación de la victoria en sí misma, qué duro es. Porque el héroe no sólo existe en sus hazañas, en su talento, en su esfuerzo, en sus récords, en su sed innata de gloria, sino que también lo hace en los aplausos nuestros, en los aplausos de simples mortales admirados; en los gritos eufóricos de la muchedumbre que deja descansar sus sueños e ilusiones en sus cuádriceps y sus metatarsianos, porque ahí están a salvo, bien alimentados, y abrigados; en el juego de esos niños que, midiendo menos de un metro, lo imitan y aúllan con idolatría su nombre.
   Pero, asimismo, el héroe es héroe gracias a los villanos, y por lo tanto también existe en ellos, en los golpes que por envidia o por inocente distracción laceran sus piernas y su pecho y su mente y convierten en un logro mucho más asombroso su firme verticalidad; en las derrotas que han endurecido su piel y su carácter, y evacuado las lágrimas necesarias; en las falacias que debe contrarrestar sin soltar una sola palabra, utilizando nada más que la lógica de sus proezas; en los más absurdos y vehementes detractores que buscan escabullirse a la fama usando de escalón improperios ridículos y escarnios estúpidos.
   El héroe existe en todo eso, todo lo lleva dentro, todo lo carga en su sangre, y por ello, qué duro es verlo caer. Porque cuando el héroe cae, todo aquello cae con él, y el suelo tiembla, y el ruido estremece la atmósfera, y hasta el tiempo mismo se detiene estupefacto, sin poder comprender qué sucedió. ¡Y más aún si cae después de arañar la cima, después de ensuciarse las uñas con el polvo de la gloria, pero sin poder volverla suya con la palma de la mano! Demasiado elevada es la montaña de un sueño de vida como para que la gravedad te llame de repente, con toda su fuerza bruta, otra vez hacia el suelo.
   Qué duro ver caer al héroe, y nosotros, simples mortales, ahí, alrededor, sin poder hacer nada, sólo atónitos, junto al enorme cráter en el que yace él, el pesado héroe, el pesadísimo héroe que ha caído. Ya nos parece una tumba y nosotros nos parecemos a inertes lápidas, tan derribadas y maltrechas como él, tan sin fuerzas como él, tan poseedores de lágrimas y de dolor como él. Pero benditas sean sus lágrimas, porque sólo llora aquel que tiene la valentía de soñar, y la osadía de intentarlo; al resto, sólo se le derrama algún insulto que se evapora antes de tocar piso.
   Igual… Tragedia. La caída del héroe siempre es una tragedia, pero su fatalidad, su inconmensurable dimensión, se debe a la aún más enorme masa de sus dones y de sus victorias. Si hay tantos escombros luego de su derrumbe, es porque la ilusión y la esperanza que se rompieron eran inmensas, y ambas existieron sólo por su capacidad de ser héroe, y ambas se reconstruirán sólo por su capacidad de ser héroe.
   Y algún incauto, quizá guiado por una tendencia seudo-intelectualista, me dirá “pero el fútbol es sólo eso, fútbol”; y ya que emprendimos un paseo entre tautologías, yo le responderé “y la vida es sólo eso, vida; y el amor es sólo eso, amor”. Y después, escribiré, intentando burdamente resumir mis satisfacciones: Gracias, héroe, y gracias a todos los que te acompañaron y te hicieron más héroe aún; esta pena duele y pesa cien toneladas y una década sólo porque la pasión de la esperanza y el esfuerzo por la gloria pesan mil toneladas y un siglo. Gracias. Siempre apoyando su heroicidad desde mi insignificante mortalidad, porque, en las alturas brillantes de la cima, o en las penumbras fangosas de la derrota, los héroes, héroes son.

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