domingo, 29 de mayo de 2016

¿En qué me vas a convertir?

  ¿En qué me vas a convertir cuando te pregunten por ahí acerca de la chica con la que te perdías en la noche, con la que dormías con los ojos y los labios abiertos? ¿Les vas a decir que era una máquina de soltar quejas infantiles, o que teníamos charlas muy interesantes acerca de cómo funcionan nuestros cerebros, de cuál es el sonido que hacen las estrellas, o de cuánto pesa una sonrisa que no salió al mundo?
  ¿En qué me vas a convertir cuando te pregunten por el primer amor? ¿Les vas a decir que olía a coco y vainilla, como uno de esos postres que incluso hoy no te animás a pedir cuando vas a una cafetería, o les vas a decir que olía a uva, como la siesta de Cafayate, como los hilos rotos que te envolvieron antes de irte? ¿O les vas a decir que no te acordás de mi olor, que era alguna fruta, quizá un aceite, algo barato, demasiado como para invertir memoria en él?
  ¿En qué me vas a convertir cuando las estrellas quieran hacer un trueque, y sólo te den su silencio a cambio de algunas nostalgias? ¿Les vas a hablar de ese río, de esa Luna que conocen tan bien, de ese colchón que aplastamos a besos, de ese espejo que nos mostró a las dos personitas más felices del mundo? ¿O les vas a hablar de esa despedida, de esa otra, de esas salinas en los ojos, de esas llamadas perdidas, de eso que nunca hicimos juntos, de esa promesa que nunca cumplí? ¿Les vas a decir que la vuelta alrededor de mí era mucho más veloz que la que das todos los días alrededor del Sol, pero te hacía envejecer mucho menos?
  ¿En qué me vas a convertir cuando el tiempo me haga con sus telas harapientas un disfraz de pasado? ¿Me convertirás en ese insomnio que te golpea toda la noche, mancha tu rostro y se cuelga de tus músculos todo el día? ¿O me convertirás en esa palabra mágica a la que deben viajar tus labios para ir en búsqueda y regresar con la calma que necesita el resto del cuerpo? ¿Me convertirás en una conversación distraída con un amigo, mientras van por la calle, esquivando todos los obstáculos urbanos, o en una confesión de madrugada, al aroma de un café náufrago entre la cena y el desayuno?
  ¿En qué me convertirás cuando me olvides? ¿En una sonrisa tierna al ver un vendedor de achilata, en la última página de un libro de Sabato escondido en ese cajón que no se abre nunca, en una tesis que ennumera las 136 razones por las cuales el amor no existe, en una lágrima sin rumbo en medio de un concierto de rock, en una fotografía que ya es hora de enviar a la papelera de reciclaje, en una piedrita que está ahí inmóvil, sin emanar un aroma, sin emanar una luz, casi blanca pero sin color, o en un abrazo a la almohada y un suspiro a la ventanilla sucia del colectivo?

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