viernes, 22 de abril de 2016

Jóvenes

  Este es el último amanecer antes de que empiece la noche. El Sol baja de una nube, como sigiloso, para echar un vistazo a la ciudad antes de partir. Deja un beso de buenas tardes sobre los cristales de los altos edificios y sobre las telas claras de los jóvenes que ignoran el movimiento desde su terraza.
  Si los que construyen y los que gastan son los dueños de este mundo, ¿qué les queda a esos jóvenes, que contemplan, que sólo sienten, que perciben lo insulso de las luces del tráfico, una mezcla de lástima y de asco, a la misma altura del Sol?
  Rápidamente el amanecer atardece. ¿Alcanzó la piel de ellos a saborear la suficiente luz para resistir la noche? Alguien les prometió alguna vez belleza, pero nunca nadie les dijo cuánto duraría. ¿Es el viento el que se la lleva, es el tiempo, o es esa obsesión del universo por cambiar, sólo para que al volver a ser igual parezca que es algo distinto? Nos engaña, nos engaña, nos engaña, y le creemos, porque es hermoso, porque es vivo, porque no podemos contra él. Somos sólo nosotros y él. Es una relación de a dos, tradicional, completamente conservadora. No hay a dónde escapar. Tampoco hay deseo de intentarlo. Esos jóvenes mirando el día son ahora jóvenes mirando la noche, ¿y quién puede decir que haya cambiado algo? Tal vez halaguen alguna estrella, tal vez sonrían alguna brisa, tal vez bailen algún silencio, pero no mucho más que eso. Y abajo, todo el movimiento que los ignora. Se sienten felices porque no participan de las vidas de los demás, se sientes felices porque son pésimos testigos que no prestan atención, se sienten felices porque sienten la vida correr por ellos.

(imagen por Romi Morales)

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