viernes, 18 de marzo de 2016

Chocolate

  Ella calienta el agua mientras recorre la alacena con sus manos desde la cima de una de las sillas de la cocina. Sus talones se despegan del acolchado asiento y sus dedos tambalean para darle unos centímetros más. Alcanza la taza con círculos celestes y rojos, y exhala una vez que sus talones descansan en la silla. Sonríe con la porcelana en sus manos, casi como si se tratase de un importante trofeo.
  El agua se altera en la pava. Empieza a trepar tímidamente la atmósfera dentro de la casa, esfumándose mucho antes de llegar al techo. La luz que entra por la puerta abierta parece llenar su nube de vida, pero a la vez parece disolverla. Regresa la silla a su lugar y apoya la taza en la mesada. Busca el chocolate en la heladera. Está envuelto en un papel rosa. Lo lleva junto a la taza y lo desenvuelve; con un cuchillo lo surca una y otra vez. Algunos añicos marrones se prenden a los dientes del utensilio, y otros caen al papel, mientras su aroma flota alrededor de las clavículas y el cuello de la niña, hasta alcanzar finalmente su nariz. Coloca los trozos cortados dentro de la taza, y vuelve a envolver el resto. Otra vez a la heladera.
  El agua se llena de aire. Salta sobre sí misma y cae ruidosa, como si intentase con desesperación escapar. Pero debajo de ella el fuego sigue tan tranquilo como lo estuvo desde un principio. A veces se mece con el viento, como un vegetal luminoso en medio de un campo metálico. Desaparece en un soplo la llama y la niña protege sus manos con un trapo, por las dudas. Desde la cocina hasta la taza. Vierte el agua sobre los trozos de chocolate, que se reacomodan al compartir el espacio con líquido caliente. En lugar de gritos, sale aire sabroso de aquella quemadura, incluso después de vertida la última gota (mucho más después de vertida la última gota). Lo revuelve todo con una pequeña cuchara plateada. Su mano se deforma en su reflejo, y el aliento del chocolate se arremolina entre sus dedos. Ella siente su caricia en su piel y en su nariz. No le echa azúcar, ella sabe que a él le gusta amargo. Y sigue revolviendo. Siente los trocitos de chocolate cediendo ante el calor y el movimiento, y ve al agua apoderándose de su tentador color.
  Se derrite. Sigue derritiéndose. Ya no luchan contra la cuchara, y es el momento de parar. Levanta el utensilio y nota que se robó un poco del chocolate, agonizando, colgando espeso. Lo coloca en su boca, lo atrapa con sus labios, y limpia el resto con su lengua. Caliente. Delicioso. Revuelve un poco más. Deja la cuchara y lleva la taza lentamente hasta la mesa, sosteniéndola con ambas manos, arrastrando cuidadosamente sus pies, manteniendo sus pupilas en vigilia sobre los bordes redondeados de la porcelana: no debe caer ni una gota, el chocolate debe danzar lo menos posible durante el camino. Finalmente logra su objetivo, y se sienta con una sonrisa. Mira el reloj. Faltan cinco minutos para que llegue. Mira el chocolate otra vez. Mira el reloj. Balancea sus pies, colgando de la silla. Espera. Espera. El viento entra por la puerta, así que ella la mira como acusándola. Decide levantarse para cerrarla; no vaya a ser que enfríe el chocolate. Sacrifica el brillo por la temperatura, y de paso espera un poco más. Regresa a la silla y sigue esperando.
  Las agujas del reloj dan un paso, y luego otro. Una y otra vez, uno y otro paso. Pero ellas no tienen la culpa de que el chocolate se enfríe, ellas no tienen la culpa de que él no llegue, y tampoco tienen ellas la culpa de que la espera se convierta en desazón.

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